Cap 2. El enemigo es igual. Tú no

  La vida es un videojuego · Entrada #2

El enemigo es igual. Tú no.

Morí en menos de cinco minutos en Dark Souls. El juego me había avisado. Tardé bastante más en entender por qué no le hice caso.



Morí en menos de cinco minutos. En el tutorial.

Si no has jugado nunca, el tutorial es esa primera zona de cualquier videojuego pensada para que aprendas los controles sin consecuencias. Un paseo. Nadie muere en el tutorial.

Yo sí.

Llegué a un portón enorme con un mensaje escrito en el suelo: «¡Corre!». No le hice caso. Crucé, y en mitad del patio cayó del cielo un demonio tres veces más grande que yo. Pensé: «Bueno, es un tutorial, no puede ser tan difícil». Dos golpes después, la pantalla se puso en negro.

Mi primera reacción fue pensar que el juego estaba roto. Ningún juego que hubiera probado antes se comportaba así. Tardé un rato en entender que funcionaba perfectamente. El que fallaba era yo, que seguía jugando con unas reglas que allí ya no servían.

Lo curioso es que esa sensación ya la conocía. La había vivido años antes, sin mando ni pantalla.

El examen es en febrero

En el colegio todo está pensado para que no te pierdas. Profesores que te recuerdan los deberes, exámenes anunciados con semanas de antelación, recuperaciones si suspendes y padres que preguntan cada tarde qué tal ha ido. Fallas, sí, pero fallas con red.

El primer día en la Facultad de Físicas de la Complutense, esa red desapareció.

Un profesor entró en el aula en octubre, explicó el programa y, al terminar, soltó: «El examen es en febrero. No tenéis que venir si no queréis. Nos vemos entonces». Y se fue.

Ni deberes, ni control de asistencia, ni recordatorios. Cuatro meses por delante y toda la responsabilidad en mis manos.

Nadie anunció que las reglas habían cambiado. Simplemente cambiaron. Y quien siguiera esperando a que alguien le avisara iba a descubrirlo en febrero, de golpe, igual que yo en aquel patio.

Esa transición le llega a todo el mundo tarde o temprano: el primer trabajo, el primer piso, el primer hijo, un negocio propio. No hay ceremonia. Un día te das cuenta de que estás tomando decisiones que nadie va a revisar.

El mensaje del suelo

Aquel «¡Corre!» era el aviso de alguien que ya había pasado por ahí. Y yo, con cero experiencia, decidí que sabía más.

Lo hacemos constantemente. El compañero veterano que te avisa de que ese cliente siempre paga tarde. El amigo que te dice que ese proyecto no tiene buena pinta. La madre que te pide que no firmes con prisa. Escuchamos, asentimos y cruzamos el portón igualmente.

No siempre tienen razón. Pero la tienen bastante más a menudo de lo que nos gusta admitir.

Agarrado al borde

Más tarde volví a encontrarme con el demonio, esta vez desde un balcón sobre el patio. Me quedé quieto, pensando si estaba preparado. Mientras dudaba, él saltó, destrozó el balcón y me mató. No por atacar mal. Por no hacer nada.

Esa forma de quedarme quieto ya la conocía. La había sentido de niño, un día de verano, agarrado al borde de una piscina. Metro y medio de profundidad, lo justo para no tocar el suelo. Había ido a clases y sabía nadar, pero siempre con mi burbuja de flotación. Aquel día mi madre se la había olvidado.

Hacía un calor horrible y lo único que quería era tirarme al agua como los demás niños. Pero soltar el borde significaba fiarme de algo que había aprendido y que todavía no sentía mío.

Al final cerré los ojos y solté. Y flotaba. Mi cuerpo sabía perfectamente qué hacer. Era mi cabeza la que todavía no se lo creía.

No eran situaciones iguales. En la piscina tenía que fiarme de algo que ya sabía. Delante del demonio tenía que aprender algo que todavía no sabía. Pero en las dos me frenó lo mismo: el miedo a equivocarme.

Y en las dos tenía más recursos de los que creía. En la piscina, todas aquellas clases. En el balcón, una espada, un escudo y algo que el juego te da gratis: si fallas, vuelves a la hoguera y lo intentas otra vez. Equivocarme me costaba muy poco. Quedarme quieto me costó la partida.

A veces estamos preparados mucho antes de sentirnos preparados.

Volví al balcón y salté.

El enemigo es igual

No lo derroté a la primera. Ni a la segunda. Y el demonio era exactamente el mismo cada vez: el mismo garrote, el mismo patio, los mismos golpes.

La piscina también seguía teniendo metro y medio. El examen seguía siendo en febrero.

Lo único que cambió fui yo.

Y sospecho que no soy el único que sigue agarrado a algún borde.

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